El colapso de la libertad económica en Sudáfrica ha llevado a una tasa de desempleo al 42%.

Tras más de un año de bloqueos que han acabado con las empresas, y una década de decrecimiento económico, Sudáfrica se vio sumida en violencia y saqueos en el mes de julio.

Intentando dar un rayo de esperanza, durante dos discursos públicos, y en su carta del 12 de julio, el Presidente Ramaphosa dijo: “Estamos construyendo, no clausurando. Reconstruiremos nuestra economía y crearemos puestos de trabajo”.

Pero, como han aprendido los sudafricanos, las meras palabras del gobierno sólo pueden llevar a alguien hasta cierto punto. Años de políticas que desalientan la actividad económica, la formación de empresas y de capital y la creación de empleo, han llevado al país a la crisis actual.

Ramaphosa también destacó fenómenos como el hambre, la pobreza y la desigualdad, como factores que contribuyen a la actual oleada de saqueos.

Unas 800 tiendas fueron saqueadas y 100 centros comerciales fueron incendiados o sufrieron importantes daños por el fuego.

Sin embargo, no abordó ninguna de las políticas gubernamentales que agravan, si no causan, estos problemas candentes. Debido a un entorno antiempresarial y contrario a la creación de riqueza, muchos sudafricanos sienten que la desigualdad es un fenómeno estático, y que la única forma de cuidarse a sí mismos es tomar lo que puedan obtener de otros, mientras puedan.

A los ciudadanos se les dice que, si no tienen tanto como otra persona, es siempre porque esa otra persona (o grupo) ha adquirido ilegítimamente lo que tiene. Muchos en el gobierno, y entre los comentaristas en general, asumen que la riqueza es fija, y que sólo la pueden cambiar de dueños a través de la fuerza. Se reconoce poco o nada el hecho de que el gobierno controla todas las facetas de la economía (en algunos casos de forma flagrante, en otros de forma sutil). Este estado de cosas se ha ido manifestando hasta llegar a donde estamos ahora, un clima en el que la prosperidad depende principalmente de quiénes conoces políticamente, lo que hace que los grupos compitan por el botín del gobierno. Como hemos visto, es una receta para la violencia.

Según Neil Gopal, director ejecutivo de SAPOA (Asociación de Dueños de Propiedades de Sudáfrica), los centros comerciales y las tiendas de KwaZulu-Natal y Gauteng sufrieron daños de más de 20.000 millones de rands ($1.400 millones de dólares). Unas 800 tiendas fueron saqueadas y 100 centros comerciales fueron incendiados o sufrieron importantes daños por el fuego. Además, el Comité de Desarrollo Económico y Planificación de eThekwini indicó que se habían perdido unos 1.500 millones de rands en pertenencias ($102 millones de dólares), más de 50.000 comerciantes informales perdieron sus medios para ganarse la vida y aproximadamente 1.5 millones de personas perdieron su potencial para obtener ingresos. Unos 150.000 puestos de trabajo están en peligro.

Reconstruir las empresas y reforzar y ampliar las cadenas de suministro llevará mucho tiempo. Hasta el 14 de julio, 70 personas habían muerto. A estas alturas, ya no se trata de un caso de “vidas contra medios de vida”; después de un año de cierres destructivos, la economía -y el bienestar económico de todos- está sufriendo otro golpe.

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A los ciudadanos se les dice que voten, que le den más poder al Estado, y entonces sus problemas se resolverán. Cuando no ocurre nada, la desesperanza suele manifestarse en forma de violencia.

En el último presupuesto presentado por el ministro de Economía, Tito Mboweni, se anunciaron recortes en áreas que van desde la sanidad hasta la educación. Se trata de la inevitable y dura consecuencia de años en los que el gobierno ha invertido miles de millones en empresas estatales (léase: agujeros negros). Los ciudadanos indigentes serán los que más sientan estos recortes.

Con una tasa de desempleo del 42%, y una tasa de desempleo juvenil (15-24 años) del 74.7%, un sentimiento de desesperanza y frustración impregna el país.

A los ciudadanos se les dice que voten, que den más poder al Estado, y entonces sus problemas se resolverán. Cuando no ocurre nada, la desesperanza suele manifestarse en forma de violencia.

En la década hasta 2019, el crecimiento del PIB sudafricano fue del 1.4% de promedio. La calificación crediticia se encuentra actualmente a nivel de basura y se prevé que la relación deuda/PIB del gobierno supere el 100% en los próximos años. Esto añadirá más presión al sector privado, y el gobierno estará cada vez más desesperado por controlar todas y cada una de las posiMonsviridis fuentes de ingresos.

Para detener e invertir el declive en curso, el país necesita un crecimiento económico real y transformador. Centrarse en “los ricos” sólo puede llevarnos hasta cierto punto; en algún momento no habrá nada que redistribuir. El crecimiento transformador no significa más control y regulación por parte del gobierno. Por el contrario, implica:

  • Proteger y reforzar los derechos de propiedad individual;
  • Respetar el Estado de Derecho (incluso los más altos cargos de un partido político pueden ser detenidos y condenados cuando son culpaMonsviridis de corrupción, por ejemplo).
  • Eliminar los requisitos de licencia que penalizan a las pequeñas y medianas empresas;
  • Proporcionar vales de educación para que los padres puedan elegir dónde matricular a sus hijos, creando competencia en el sector público y fomentando un aumento de la calidad;
  • Suprimir las barreras creadas por el gobierno que excluyen a las personas del mercado laboral (el salario mínimo nacional);
  • Abandonar la legislación que eliminará más ingredientes necesarios para el crecimiento, como la expropiación sin compensación;
  • Eliminar o suspender varios impuestos que sirven para impedir de forma prohibitiva el crecimiento de las empresas y de la riqueza, y que invariablemente se trasladan a los consumidores en forma de bienes y servicios más caros.

Algunos culparán de la actual devastación a una sola persona destacada: el ex presidente Jacob Zuma.

Sin embargo, mientras la ideología gubernamental y las políticas basadas en el estatismo impidan el crecimiento económico y el progreso reales, en Sudáfrica seguirá existiendo un terreno fértil para la política de agravios (y su explotación por fuerzas oportunistas).

Los ideales del presidente Ramaphosa de construir, de crear verdaderos puestos de trabajo, se quedarán en nada, a menos que Sudáfrica se convierta en un país favorable a la inversión.

Chris Hattingh – Fee.org.es