En su libro La masa enfurecida, Douglas Murray (escritor británico, ateo y abiertamente homosexual) nos explica que las personas de finales del siglo XX y principios del XXI viven, mayoritariamente, vacías y sin ninguna explicación sobre su rol en la Tierra —un terreno desierto, en palabras del autor—.

Sin embargo, ese terreno desierto no puede permanecer vacante para siempre. Por ende, tendrá que ser ocupado por algo. En este caso: las ideologías políticas son las que reemplazan a la religión como el camino en busca de trascendencia.

Pero ¿Cuáles fueron las consecuencias de esta nueva religión?

Las masas se han vuelto locas. Basta con seguir las redes sociales para ser testigos de la histeria colectiva en la opinión pública. Cada día alguien nuevo clama que algo le ha ofendido: un cartel que cosifica, una conferencia sobre un tema políticamente incorrecto, una letra que degrada. Vivimos en la tiranía de la corrección política, en un mundo sin género, ni razas ni sexo y en el que proliferan las personas que se confiesan víctimas de algo (el heteropatriarcado, la homofobia, la bifobia o el racismo).

Ser víctima es ya una aspiración, una etiqueta que eleva moralmente a quien la usa, que ahorra tener que argumentar y, quizás la parte más peligrosa, que consigue privilegios legales y económicos. Ese es el caso de los transexuales que, bajo las excusas de la inclusión y la tolerancia, nos obligan a todos los demás a participar de sus fantasías.

Por ejemplo, Laurel Hubbard, atleta neozelandés de 43 años, será la primera «mujer transgénero» en competir en unos juegos olímpicos. La participación de Hubbard ha causado varias controversias con las levantadoras de pesas de su categoría, entre ellas, la belga Anna Vanbellinghen —quien calificó el hecho como una broma de mal gusto—. Ya antes, en el 2018, habíamos sido testigos de la participación Angela Ponce —en realidad, Ángel— en el Miss Universo.

Noten la contradicción. Por un lado, nos hablan de inclusión y mayores oportunidades para mujeres y jóvenes. Pero por el otro, permiten que hombres —que fantasean con ser damas— ocupen espacios que antes eran exclusivos para el sexo femenino.

De seguir las cosas así, en los próximos años tendremos a puro hombres compitiendo en los eventos deportivos. Los de mejores condiciones lo harán en las ligas masculinas. En cambio, los segundones participaran en las ligas femeninas, pero disfrazados de mujeres.

Sin embargo, las cosas no terminan en un certamen de belleza o en unos juegos olímpicos. Veamos.

Es evidente que en el mundo nos enfrentamos a una ideología totalitaria, que pretende usar el sistema educativo para adoctrinar a las nuevas generaciones, además, de acabar con la patria potestad de los padres sobre los hijos. Puesto que, si el niño tiene el «derecho» a ser educado sobre esos temas, el Estado debe ser el garante de este.

Pero para comprender de manera profunda esta ideología es necesario adentrarnos en las profundidades del marxismo.

La dialéctica comunista -que opera en lo más íntimo de esta ideología- presenta a la identidad de género como una nueva categoría de rebelión ante la familia (la institución capitalista por antonomasia).

Esta dialéctica pone a la mujer y a los hijos como «oprimidos» y al padre como el «opresor». Por ende, la liberación de la mujer vendrá por medio del feminismo y la de los hijos por medio de la emancipación sexual -en muchos países las niñas de 13 años pueden abortar sin necesidad de comunicarlo a sus padres-.

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No obstante, la ideología de género va más allá. Ya que no solo pretende liberar a la mujer y los hijos de la opresión del padre, sino acabar por completo con la familia. Para eso, nada mejor que terminar primero con las categorías masculino y femenino —que es en donde se origina todo—. Y de esa manera, llegar a un estadio en el cual el género —aquellos con lo cual la persona se autopercibe— sea la categoría máxima.

Como vemos, la ideología de género está imbuida de marxismo, y el marxismo es asesino. Por eso es necesario estar alertas y proteger a nuestros hijos de las garras de estos nuevos totalitarios.

Para terminar, una necesaria aclaración: estoy en contra del maltrato a cualquier ser humano, ya sea por razón de sexo, preferencia sexual, religión o color de piel. No obstante, también estoy en contra de que la mentira sea institucionalizada. Porque la ideología de género es eso, y ninguna civilización puede sostenerse en el fraude y el engaño.

Hugo Marcelo Balderrama – Panampost